El otro día volvía a casa en tren (no es relevante el retraso, en el improbable caso de que lo hubiera). Había plegado a mediodía, así que no iba abarrotado como suele ir por las tardes. Era el tren ideal para los músicos itinerantes.
Delante mio se sentó un señor con traje oscuro y corbata más oscura aún, mirada opaca y ese aire de persona importante que tienen los políticos y altos ejecutivos que utilizan el transporte público una vez cada 10 años y les molesta la gente que los utiliza a diario, por que son los que expanden la gripe y llevan ropa barata.
Sacó una PDA (ya solo los cutres viajan con el portátil) y se puso a hacer algo. Dudo mucho que estuviera escribiendo en su blog. Dudo mucho de que tuviera un blog. Me cayó mal y no pude evitar rozar su pantalón con la suela de mi zapato para mancharselo un poco. Lástima que ya casi no se pisan cacas por la calle.
En el siguiente vagón subieron dos indios de las montañas del Perú, con trenzas y ponchos de colores. Se pusieron a tocar. La verdad es que no tocaban demasíado bien, pero no molestaban, al menos no como esos rumanos que van por ahí con el acordeón tocando una versión desafinada de Love Story.
Para mi sorpresa, el señor se metió la PDA en el bolsillo de la americana, sacó un abultado fajo de billetes, se levantó y se acercó a los músicos.
Me giré, me podía imaginar a aquel señor en el vestíbulo de l’Auditori alternando con Señores como él y con esposas fifís; pero no me daba el perfil de señor amante de la música y solidario que da unas monedas a un músico callejero.
Pero si, en efecto, se dirigía a los músicos, que estaban a mi espalda , con un billete de 20€ en la mano.
-Tomad 20 euros y dejaís de tocar.
Ya quisiera el señor Sobera levantar las cejas tanto como se levantaron las mías.
Si los músicos hubieran despreciado el billete y hubieran seguido tocando el post acabaria aquí con un Show Must Go On.
Sin embargo, cogieron el dinero y cambiaron el vagón. Hay que trabajar mucho para sobrevivir y enviar algo de ayuda a ese Peru devastado por el terremoto.
El Señor volvió a sentarse frente a mi. Cruce y descruce las piernas varias veces y procuré darle un par de pataditas. Me miró con muy mala cara. No le dije “perdón”, que es lo que se suele decir en esos momentos. Sacó la PDA y siguió con sus cositas. Bueno cositas no, cositas son lo nuestro, lo suyo debían ser asuntos importantes.
Y yo que no había cobrado la nómina y no tenía un duro y tenía ganas de tocarle las pelotas (figurativamente hablando) a aquel tipo. Y yo que canto muy mal y tengo muy poca vergüenza me puse a cantar a grito pelado.
María de la O, que desgrasia ii ta
gitana tu ereh teniénnn-do-lo tó.
Te quieres reír y hasta loh ojitoh
loss tieness moradoh de tanto su - frir.
Maldito parné que por su culpita
deje yo al gitano que fue mi querer.
Cahtigo de Dioh, cahtigo de Dioh.
Es la crucesita que llevas a cuestas María de la O.
María de la O
Pero a mi no me dió 20 euros. Se levanto, me pisó, y se fue al vagón donde estaban tocando los peruanos. Eso si, en mi vagón se lió una buena juerga.