
Se levantó con un único objetivo: matar el tiempo. Nunca jamás antes había tenido esa necesidad, sin embargo hacía días que ese instinto criminal se había apoderado de todos sus movimientos.
En vano trataba de fingir, tras sus pasos caía un reguero de horas muertas.
Sin embargo el tiempo se resistía, y avanzaba con paso firme a un ritmo apenas imperceptible. De nada servía quedarse inmóvil en el pasillo, el tiempo se colaba por los lados, por entre sus piernas, por encima de ella. Tampoco servía adelantar el desayuno, el almuerzo o la merienda, igualmente llegaba la hora de comer, la de merendar, la de la cena...
Trató de refugiarse en un museo de historia, de sentarse en un pedestal con cara de momia egipcia, pero no tardó mucho en aparecer un guarda avisándola de que había llegado la hora de cerrar.
Pensó en las veces que había lamentado lo rápido que pasa el tiempo cuando en realidad, el tiempo nunca acababa de pasar.
Trato al menos de apresarlo, de mantenerlo como rehén, de someterlo a sus órdenes, de arrastrarlo con ella. El tiempo es escurridizo y le costó un poco, pero al final tras una encarnizada lucha contrarreloj, lo atrapó.
Se entretuvo pensando dónde era más seguro fijarlo, el viernes parecía una buena opción, pero aún quedaban un par de días y dudaba de poder mantenerlo distraído hasta entonces. Bajo la guardia solo un instante y el tiempo le arreó un mordisco a la tarde, que se convirtió en un agujero negro en su memoria. Raccionó rápido, y esta vez se lo ató a la espalda sin dejar de pensar que hacer con él.
En esas, le dió por mirar el reloj que llevaba en la muñeca. Con tanto contratiempo se le había hecho tarde.