14 May, 2008

Escritor de café (2)

Llegó abrumada a la cafetería. Había tenido una reunión con su padre. ¡Una reunión! No una discusión después de la comida, no una discusión acerca de que canal se veía aquella noche, no una discusión acerca de si iba vestida como una puta o que horas de volver a casa. ¡Le había enviado un SMS citándola en su despacho para una reunión! Ella ni siquiera imaginaba que su padre supiera enviar un SMS, de hecho estaba segura de que lo había enviado su repelente secretaria después de comprobar la agenda.

Pidió un cortado. Tenía 2 semanas. Sin duda su padre estaba atravesando la crisis de los 60. ¿60? ¡No! Debía haber cumplido ya los 62. No estaba segura, de cualquier modo se acercaba la jubilación. Nunca se había planteado que pasaría en es momento. Ella se sabía heredera de un par de pisos en el centro, una casa en la playa y un apartamento en la montaña, pero nunca se había parado a pensar que haría ella el día de mañana y, ni mucho menos, en que pasaría con la editorial. Nunca jamás se había imaginado como editora y ahora su padre le proponía enseñarla a dirigir el negocio. No era mala idea, era un negocio que daba pasta y ella se veía capaz, y sin duda su padre, analítico y previsor hasta la exageración también pensaba así, si no, no hubiera contado con ella, la hubiera vendido a un buen precio asegurándole a ella unas rentas o se hubiera quedado al mando hasta que la muerte lo encontrara en su despacho.

Pero, si la veía capaz, ¿a santo de que ponerle un proyecto de prueba con un plazo de dos semanas? Sabía que su padre cumpliría su promesa, ¡su amenaza! Y si ella no le presentaba un proyecto con cara y ojos, donaría su empresa a una fundación que él mismo crearía. Pese a ser un hombre de negocios, su padre tenía un componente filantrópico y una generosidad muy importante.

Había una parte en ella que se resistía a seguirle el juego, a decirle abiertamente que pasaba, que hiciera lo que quisiera con la editorial, pero enseguida surgían voces que clamaban al orgullo propio y a la tradición familiar, y sobretodo, ella quería muchísimo a su padre y sabía que él contaba con ella, no quería defraudarlo. ¿Pero de dónde narices sacaba ella un proyecto? Hacía años que no leía, jamás había escrito nada y tampoco conocía a nadie que lo hiciera.

Un golpecito en la espalda la arrancó de sus pensamientos. “Perdón” Se giró algo molesta a ver que pasaba. Un chico había entrado en la cafetería con tres grandes pizarras. Un camarero le saludó con un afilado “Hombre, por aquí viene el escritor” “Vete a tomar por culo. ¿Dónde está la escalera?” Ella observaba la escena con curiosidad. El chico se subió a una escalera y descolgó las tres grandes pizarras una a una y las sustituyó por las nuevas. Se fijó en la caligrafía. Solo alguien que amara las palabras podría tratar con tanto mimo las letras. Aquellas ofertas, más que un reclamo parecían caricias escritas. Se fijó en el chico de las pizarras. Era guapo. Él, que recogía las pizarras antiguas, también la miró y se sacudió la tiza, que le había manchado la camiseta, con cara de circunstancias. Ella sonrió señalando las pizarras. “Que letra más bonita”. “¿Lo has escrito tú?” Él, con un escalofrío respondió “Sí”. Ella alargó la mano y cogió un par de servilletas de papel. "¿Podrías escribirme algo?".

12 May, 2008

ESCRITOR DE CAFÉ

El responsable de zona era un tipo seco. Eso cuando no había problemas. Como todos los días que los visitaba pidió un café y procedió con su inspección del local, alternando instrucciones y preguntas.

-Este cuadro está torcido. -¿Os falta algo? -Hay que limpiar esta moldura, tiene polvo. -¿Cómo vaís de propinas? -Os he traído un par de variedades de té nuevas. Y vasos y balletas... -¿quién ha escrito esta pizarra?.

Se quedó helado unas décimas de segundo pero en seguida levantó la mirada del trozo de barra que estaba limpiando con un trapo. Los restos de la tanda de las 9.

Aterrorizado leyó el menú de cafés e infusiones en busca de alguna falta de ortografía. Tan solo había algún acento mal puesto.

-Yo.

-¿y se puede saber dónde has aprendido a escribir con esa letra de niña? ¿ibas a un colegio de monjas?

No respondió. No comprendía las preguntas. El otro probaba ahora los taburetes de la barra que estaría desierta hasta las 10. Comprobaba que ninguno de los taburetes tuviera ese desagradable balanceo que tienen a veces los taburetes giratorios. Después revisó los servilleteros de las mesas y los arqueos de caja. Solo entonces se acercó a su café y dió un sorbo.

-Está frío. - siempre decía lo mismo. -Hasta la semana que viene.

Y se fue, como siempre pretendiendo estar muy ocupado, aunque, todos sabían que su jornada había terminado.

Unos días más tarde, uno de sus compañeros le avisó de que le llamaba la de Personal. En aquella empresa no había un departamento de Recursos Humanos, estaba la de Personal. Se acercó al teléfono y le pasaron el auricular con un estremecedor "la has cagado chaval". Sin embargo, al otro lado de teléfono tan solo le preguntaron:

-¿Te interesaría ser escritor?

El corazón le dió un vuelco. De más joven, cuando hacía campana en el instituto, solía refugiarse en una cafetería cercana. Cuando no había nadie con quien echar un futbolín, empezaba novelas de ciencia ficción en servilletas de papel. Siempre se las guardaba en el bolsillo de los vaqueros con la intención de acabarlas algún día, pero esto nunca ocurrió. Quizá por que invariablemente todas acabaron en la lavadora, su madre nunca consiguió que él o su padre vaciaran los bolsillos, y ella nunca pudo entretenerse en ello.

-Si.

-Pués pásate por aquí mañana.

Imaginó que los del marketing de la cadena de cafeterías se traerían algo entre manos. Quizás en lugar de la prensa diaria hubieran decidido crear su propia revista. El podría escribir pequeños relatos que intercalarían con anuncios del Te de Uva Roja o del Capuccino Vienés. Pequeños relatos, anécdotas de los clientes, artículos acerca de la historia y el cultivo del café. Últimamente se oían muchas críticas contra las prácticas del comercio (insolidario) del café y quizá querrían hacer un lavado de imagen.

Durante el resto del día se fijó en los clientes de un modo distinto. No trató de recordar su consumición habitual como solía hacer. Los vió a todos como protagonistas de una historia que él tenía que escribir. Se le ocurriría un final feliz para esa que por las mañanas parecía entristecerse con cada sorbo de café hasta que cerraba el diario con un suspiro y se iba al trabajo. Se le ocurrió un castigo travieso para el de la gabardina, que, en todos los años que hacía que se tomaba el café allí, no había dejado ni un céntimo de propina, ni siquiera había dicho nunca buenos días. Aquella noche el café le quitó el sueño.

Llegó a las oficinas temprano. No se había afeitado y se había vestido con sus mejores galas bohemias. Se trataba de parecer un escritor de café, pero nada más verle, la de personal lo miró de arriba abajo sin ocultar un gesto de reprobación. Él se pasó la mano por la mejilla, pinchaba. Quizás parecía más de taberna que de café.

-Acompáñame.

La siguió hasta el almacén. Había 4 pilas de pizarras, Por lo menos había 100. Cerca había una mesa con un teléfono y un puñado de tizas que no le gustó. La de personal llamó por el teléfono.

-¿me traes eso?

Una chica apareció corriendo con un papel en la mano.

-Se tratará de cambiar las pizarras de todas las cafeterías una vez por semana. En realidad diremos lo mismo pero con nombres distintos cada vez. Y una oferta de la semana. Ésta es la lista y ésta la oferta de la semana que viene. La copiarás en cada pizarra, sin faltas y con buena letra. Los viernes las repartirás con la furgoneta y recogerás las de la semana anterior.

Por un momento el suelo pareció temblar. Luego, pensó que era una forma como otra de cumplir su viejo sueño. Después de todo, sus historias siempre le parecieron poco originales y repetitivas. Como los menús.

08 May, 2008

Se decía que un tripi lo había dejado “asi”. “Así” se refería a una sonrisa quasipermanente que se alternava con estados de ira. Quizás se hubiera podido establecer una correlación estadística con los litros de alcohol ingeridos o la calidad de la marihuana fumada en una temporada determinada. Vivía en un pueblo mediano en el que se mantenían costumbres antiguas y rasgos rurales que convivían sin problemas con las fabulosas aportaciones de la modernidad. La juventud del pueblo podía escoger entre dos bares. Uno lo frecuentaban los tuneros pelados, partidarios de los combinados y las drogas químicas, el tunning y la música chatarra. El otro, los alternativos de reminiscencias hippies y puretas por encima de la treintena, adeptos de la cerveza, los petas , el guitarreo y el buen rollo. Cada uno de los bares se mantenía fiel a una estética que solo era alterada por las máscaras de Carnaval. En el bar de focos de colores y lasser en la pared se preferían los disfraces de vaquero, de Rambo, de hombre bomba, de narco colombiano… En el bar de luz tenue se preferian los disfraces currados y originales o los disfraces en grupo y las comparsas. El último carnaval fue algo distinto. El que se había quedado así de un tripi se presentó en el bar moderno como todos los sábados. El no se disfrazaba pero tenía un presupuesto extra, tanto en efectivo como en especie, para noches como esa. Estaba más “feliz” que otros días aunque ese día no había llegado a hacer su numerito “que bien bailo” en el centro de la pista, desde primea hora de la noche, se tambaleaba demasiado y había optado por sentarse en la barra a reirse de los disfraces de la peña mientras alternaba tragos de vaso lago con rondas de chupitos con todos los que tuviera alrededor y con diversas maniobras y “busineses” en el WC. El sábado de Carnaval no había hora de cierre y a las 5 el pedal era considerable y la fiesta estaba en pleno apogeo. Cada uno se había metido de lleno en un papel acorde con el disfraz que llevaba y el del tripi le daba ola a todo el mundo. De golpe se apagó la música y se encendieron las luces “de cerrar”. El del tripi, algo deslumbrado miró alrededor. Le sorprendió ver a seís o siete tios disfrazados de verde con fusiles en la mano que fingían una redada. Qué bien lo hacían los cabrones. Uno pateó las puertas de los lavabos para sorprender a los que hacían cosas malas. Otro pidió a todos que se pusieran de cara a la pared, se apoyaran con las manos y separaran las piernas. Que bueno tio, como se lo curran. Ja ja Que bueno. No se dió cuenta de que él era el único que se reía. Ja ja tio. No me metas mano, que te has disfrazado de madero para tocar paquetes ¿o que?. Que marica. Jaja. Qué cabrón Tio. Ja ja tio. Mira todo lo que llevo. Jaja. ¿qué buscais? ¿Esto? ¿O esto? No me jodas, yo te invito a un tirito pero no me vayas a joder la harina. Ja ja que cabrón, te crees que te vas a quedar mis gramitos por que vas disfrazado de madero. Que bueno, que morro. Bueno vale ya, que tengo una copa a medias y se me va a derretir el hielo. Ja ja no, yo a la calle no salgo que hace un frio de cojones. Joder que no me pongas las esposas. Que pareceis los de la Cubana, ¿lo habeís ensayado o que? Jaja que os den el premio al mejor disfraz. Venga Torrente, que te pago una copa. Lo despertaron sin ninguna delicadeza. Joder que frio hace aquí ¿no nen?. ¿No me vais a traer desayuno? ¿Ya me llevaís a casa? Joder que resaca.