29 November, 2012

GUERRA FRÍA EN EL DESPACHO


Esto es un clásico de las “Crónicas de la vida en la oficina”. Ves en las noticias “se avecina ola de frío polar” y sabes que tienes que guardar los suéteres en el fondo del armario y sacar la manga corta.

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En mi trabajo actual  me dedico a exportar a países en vás de desarrollo a trompicones y/o a trompazos. Formo parte del departamento especialista en complicaciones. Tenemos en privilegio de estar en la sala que un buen día fue el despacho de uno de los dueños de la empresa. Un señor de la burguesía catalana, culto, influyente i assenyat del que la gente guarda muy buen recuerdo. En la pared frente a mi, fotos en blanco y negro de los grandes maestros de la perfumería de principios de este siglo, diplomas todo por la patria y una colección de libros de lo más interesante. Detrás mio una caja fuerte reliquia de cuando las Acciones no eran apuntes en cuenta sinó aunténticas Acciones en papel caligrafiado.
La sala es cuadrada y en el medio hay cuatro mesas juntas a modo de cruz. A mi derecha China, resto de Asia y Australia, en diagonal Turquía, Pakistán, Emiratos árabes, Dubai, Qatar… A mi izquierda más China. Yo Norte de Africa , Sudafrica, y parte del Midleast: Egipto, Israel, (¿Palestina?), Jordania. Algo de Europa repartido por ahí.  Es como una partida de Risk en 3D por que además aquí se ganan y se pierden clientes y determinados clientes te dan un país entero como premio. “Me han dado el Congo”. “Me han quitado Indonesia”  A veces entra alguien entra al despacho con algún papel en la mano y pregunta “¿Uzbequistan es vuestro?”. O logística nos dice “no podemos enviar pedidos aéreos a Israel por los cohetes” o discutimos con Administración “¡que si!, que tenemos que crear un cliente con dirección en Palestina, ¿cómo que Palestina no existe?”. Y hablas con los clientes y de repente uno te pide disculpas por el retraso en la respuesta pero que ha habido un atentado en su calle, o ha pasado un tifón o han cerrado el tráfico marítimo. Y al final todo acaba volviéndose anecdótico.  Felicitamos el año Nuevo Chino, el hindú, el árabe, el judío. Personalizamos los regalos de Navidad y las felicitaciones, ni jamón, ni vino, ni niños jesuses. En mi despacho se habla a la vez Chino, francés, inglés, catalán-chino-valenciano y castellano. Compramos ajo en China y lo vendemos en Brasil. Rosa en Bulgaria. Romero en Marruecos y una serie de químicos que no quiero pensar dónde acaba.
Pero lo más emocionante de todo, son los cambios de temperatura. Ahí es donde aparece la máxima tensión. Como en todas las oficinas. Si fuera hace 18 grados, dentro necesito 23, si fuera hace 8 dentro 25 y así sucesivamente. Y el sector friolero (China especialmente) le da al termostato y la maquinita del techo, perfectamente centrada sobre nuestro tablero de juego genera un Pequeño Anticiclón de las Azores o una tormenta trópico-sahariana. China, con jornada especial (no reducida) por maternidad entra la primera. Ahí arranca la mañana con el termostato a 26. A continuación entra la otra China que sin una caloría en el cuerpo agradece la temperatura tropical. A las 8.30 llegamos Turquía y yo. Y el daño ya esta hecho. Arrancas el ordenador, primeras llamadas y primera capa de ropa fuera. A los tres cuartos de hora sientes que estas trabajando con un secador disparándote a bocajarro en la cara. Que el aire se ha espesado y es tan pesado como en un atardecer en agosto. En ese momento Turquía se levanta bruscamente y apaga la calefacción en una decisión unilateral. China se incomoda y aunque  no levanta cabeza se percibe cierta tensión postural. Norte de África hace como que no se da cuenta pero respira aliviada. A partir de ahí empieza un juego ON-OFF, sube-baja que se repite varias veces al día y varios días. Empiezan las conspiraciones y los frentes abiertos. China va a por un café. Se baja. Marruecos va al lavabo, se pone. Y así hasta que al final estalla. Y mientras voy recibiendo mails y llamadas de mis clientes ingleses en las que  nunca, ¡nunca! falta la referencía al frío, a la lluvía y al viento  británicos y al wonderful clima que tenemos en Barcelona.
La discusión se caracteriza por dos perfiles clásicos: personas frioleras tomando el papel de víctima abandonada a las inclemencias del clima cuál pequeñas cerilleras de los hermanos Grimm y personas calurosas malhumoradas por tener que pasar bochornos en invierno. Una vez estalla el tema no hay marcha atrás, si te quejas de que la calefacción está demasiado fuerte ya no tienes derecho a decir “¡qué frio hace en la calle!” por que eso se tomará como una concesión “ves como hace frío”. ¡Claro que hace frío, en la calle!, ¡aquí hace dos horas y diez grados que dejamos el fresquito mediterraneo atras!
Los frioleros están convencidos de que es mentira que te moleste, que únicamente quieres hacerles daño a ellos y condenarles a los pies congelados. Llega un momento que te sientes cruel, y piensas “no sé, igual son mis hormonas, a ver si me está llegando la menopausia”, este pensamiento lo descartas cuando ves que Turquia lleva esa camiseta I love Summer que llevaba en Julio y esa sensación de Deja Vu que te lleva a otro edspacho en otro trabajo de hace más de 10 años (claro que, técnicamente, una mujer puede considerarse premenopausica desde los 14 o 15 años). Y miras a las quejicas y ves que llevan una camisita y unos zapatitos de salón y les dices: “oye y por que no te pones unas botas y un jersey o una chaquetita encima” y te dicen “es que es muy incómodo”. Y lo único que puedes decir es “Pues tócate los cojones”. Y empieza la guerra abierta con alianzas externas a nuestro tablero de juego.  Yo tengo aliados en Argentina, Rusia y Andorra. China se apoya en Francia y Estados Unidos. Por que la discusión es la misma en todas partes. Mantenimiento, Recursos Humanos y Dirección General no se pronuncian, “poneros de acuerdo” dicen.
Pero yo insisto y no cederé. Pelearé por una calefacción moderada y no cederé hasta que las personas frioleras vistan como corresponde vestir cuando hace un frío de narices. No pienso considerarlas víctimas de unos desaprensivos acalorados.
PS. en el otro extremo y a modo de guerrilla, tuve hace años, cuando los sujetadores no llevaban un relleno de dos o tres centímetros de espesor,  un compañero de trabajo  con despacho y aire acondicionado propio. Un día alguien le pregunto como podía soportar todo el día aquella temperatura polar, el simplemente respondió: “a veces entra una chica”.

24 November, 2012

UN VIAJE A TU CEREBRO. Dra.Rosa Casafont


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Nunca he creído que en más misticismos que en aquellos íntimos a los que yo le he dado significado, función y valor. Sin embargo si creo que algunas herramientas de las que abusan los gurus TOP VENTAS son útiles y que en su mayoría no son fruto de esos grandes comunicadores sino de la tradición y las sabiduría popular. En mi entorno es conocida mi profunda aversión a los libros de autoayuda de tono empírico como los americanos (John se sentía abrumado…) o los de tono poético y sensiblón de los que se extraen las frases que, con un amanecer de tonos violáceos, quedan condenadas al reenvío eterno por Internet.
No me gusta la sensiblería y los vendedores de humo. No me gustan los Me Gusta compulsivos en Facebook a frases atribuidas a Punset o a Bucay, muchas veces erróneamente. Pero no por eso no creo en el crecimiento personal y en la posibilidad de que uno cambie cosas de si mismo. En la necesidad que tenemos de estar pendientes de nosotros mismos y ver lo que no va bien. Y sobretodo en el  poder de nuestro cerebro y de como puede jugar a nuestro favor o en nuestra contra. Lo que no sabía es como funcionaba ese poder. Y de como podía yo utilizarlo. Si claro, pueden leerse y repetirse como un mantra los títulos de los libros de Autoayuda de la FNAC o los sloganes publicitarios tipo “Por que yo lo valgo”.
Hoy me he levantado físicamente mal. Diarrea (perdón, ya no se dice diarrea o cagarrinas, siempre es Gastroenteritis o Virus Intestinal). Dolor de cervicales y un dolor de cabeza de narices. Mal. Fatal. Y si eso es malo cualquier día, un sábado además aporta ese sentimiento de “fin de semana estropeado”. Podía haberme tomado un Ibuprofeno (en dosis equivocada -según la prensa de ayer-, pero efectiva, –según yo-) y haber ido a la farmacia a comprar un jarabe (rezando por no tener un percance fuera de casa). Pero en fondo sabía que encontrarme mal no era más que el resultado de demasiados días tóxicos. ¿Qué es un día tóxico? Un día de esos que entre el pecho y mi estómago se instala una centrifuga de fuerza industrial. Un día en que el esfuerzo por no apretar los dientes no rebaja la mandíbula. Un día en que la rigidez del cuello recuerda un muñequito hecho de plastilina y palillos de dientes. Sabiendo eso me he acordado de un libro que ha lanzado una gran persona que tengo el placer de conocer y para el que había guardado un sitio en mi estantería VIP, esa que espera a que esos amigos vayan acabando esos grandes proyectos en marcha.
Tengo en mis manos el libro de la Dra. Rosa Casafont, la meva estimada Rosa, un libro que sin haberlo leído aún sin duda os recomiendo por que conozco el trabajo de la Dra. y tiene toda mi credibilidad. Yo no lo llamaría Autoayuda por la poca estima que le tengo a esa palabra pero sin duda da unas herramientas muy valiosas. Digamos que se podría englobar dentro del concepto de Coaching, sea eso lo que sea. En las FNAC lo tienen en la sección de Divulgación Científica. En el Corte Inglés en la estantería “Psicología”. Junto a la autoayuda pero no revuelto.
Si algo de mi blog me orgullece, es que los comentarios que recibe (y recibió en el momento blog) son de gente que, aunque a la mayoría no los conozco en persona, me demuestran y me han demostrado en sus comentarios y en sus blogs una gran inteligencia, cultura, ingenio, sentido crítico y mucho humor de varios colores. Y estoy siendo totalmente sincera. A personas así no les voy a recomendar cualquier cosa. Esta claro. Y no olvidemos que mi otro post con “autoayuda” en el título se lo dediqué a otro gran libro el “Happines”, de Will Fergunson, que no es precisamente un fan de ese concepto (y sigo recomendando fervientemente la lectura de ese libro).
Leeros el libro. Descubrid como funciona vuestro cerebro. Sorprenderos con los secretos de vuestro mejor amigo y no lo dejéis que se convierta en vuestro peor enemigo.
A todo esto, sigo con cagarrinas (he corrido al baño 3 veces en lo que he tardado en escribir esto) y dolor de cabeza, pero parece que la espalda va un poco mejor.
Y ara seguire reflexionat aveure que faré demá. Lástima que la propuesta de Pazzos de trasladar la capital a Barcelona les pillo con la propaganda electoral ya impresa, hubiera facilitado la reflexión.

16 November, 2012

La mujer paciente (no soy yo, claro)


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Igual que es muy fácil cabrearme, es muy fácil despertar mi melancolía y mi nostalgia. Estas no van siempre acompañadas de tristeza, muchas veces es simplemente ternura. No es casualidad de que conserve recuerdos fugaces de cuando era muy, muy pequeña, y que no están respaldados en una foto sinó en una imagen o una emoción que quedo grabada en mi memoria.
Hoy, andando por mi calle actual, que por casualidad es la misma en que viví esos primeros años, he pasado por la que fue mi primera casa. Además era una planta baja así que se hace extraño pensar que tras esa pared pronuncié mis primeras palabras y di mis primeros pasos. Pero he pasado de largo, como siempre. Mi casa es de las ultimas que queda en pie de esa época. Edificios sencillos, sin lujos, de uno o dos pisos a las a fueras de un pueblo pequeño que se convirtió con el tiempo en una zona residencial.
Al lado de mi casa había una más pequeña aún. Hacía esquina. Tenía un patio delantero. La tiraron hace unos años. La verdad es que era muy fea. Pero allí vivió hasta su muerte hace un montón de años, la señora Maria. La Señora Maria, siempre fue vieja, una de esas viejas de negro, con un delantal de cuadros desteñido, y pelo gris siempre recogido en un moño. La Señora María fue mi vecina hasta que cuando yo tenía 4 o 5 años nos mudamos a “un piso moderno”. Ya lo he dicho, guardo muchos recuerdos y recuerdo a mis vecinos de aquella época aunque todos fueron desapareciendo y sus casas ya no existen. Tengo lagunas claro pero me acuerdo. No obstante de la Señora María me acuerdo más.
Tenía un Kiosco azul con las ventanas pintadas en amarillo. Y vendía todas las chuches habidas y por haber. Las gominolas, las nubes y la regaliz las tenía en unos potes de plástico transparente con una tapa amarilla en las estanterias a su izquierda, los altramuces en un bol color crema, los sugus, los caramelos de cubalibre y los snipe en tarros sin tapa en una estantería a su derecha. Con el tiempo llegaron chuches más modernas que venían en cajas, para ellas puso estanterías nuevas junto a la puerta que estaba detras suyu: los Sidrales, los Chimos, los Escalofríos, los Peta-Zetas, los Bang-Bang…A sus pies grandes bolsas de plástico para las bolsas de pipas y de quicos. Y a su derecha, por fin, ocupando medio kiosco, la nevera de helados, siempre fue fiel a Frigo y los Draculas y los Colaget con “has ganado otro Colaget” escrito en el palo y los Boomangflash de 5 pelas el pequeño y de 10 el grandes (los Camy estaban disponibles en la cera de enfrente, en el kiosco que ponian en veranto junto al de la prensa).
Los altramuces valieron siempre 1 duro el cucurucho. Las chuches una peseta dos, un duro, diez y  25 pesetas, cincuenta. Llegabas con tus cinco duros y empezabas: dos coca-colas, cuatro ositos, cuatro moras, cuatro supositorios, dos regalices negras y dos rojas. ¿cuánto llevo? Dieciocho. Y seguías. 2 nubes, 6 snipe, 6 cuba-libres (Ohhhh os imagináis decir eso ahora??????), cuatro fresas, dos corazones, y cada vez la Señora María, que por cierto nunca sonreía, cogía el bote lo abría, sacaba las chuches, las metía en el cucurucho con cuidado, tapaba el bote y lo colocaba en el mismo sitio. Cuando llegábamos al final de la estantería de arriba, si nos quedaba dinero volvíamos a empezar, dos coca colas…Nunca tenía que devolvernos cambio, apurábamos hasta la última peseta. Y nunca nos daba nada de más. ¿Os imagináis  una dependienta así de esas tiendas que apestan a palomitas en los centros comerciales? Ella nunca mostraba impaciencia aunque la cola ante el kiosco a la salida del cole crecía y crecía.
Cuando en un arrebato de esos tan “femeninos” entro en una de esas franquicias y cojo una bolsa y una pala y voy llenando la bolsa sin pensar, siempre parece que falta algo, que las chuches se tienen que coger con cuídado, con mimo, y de una a una.
No se cuando murió la Señora María ni se exactamente cuando tiraron su casa, pero creo que los que fuimos niños en Sant Just le debemos un homenaje. Y los dentistas de Sant Just seguramente otro.
Mi última visita al kiosco, fue con  catorce o quince años con mi primer novio, una pañuelo de Snoopy a modo de Diadema y unas Nike. Dos cigarros, 5 pelas para él y un paquete de Trident de Menta para mí.